En el silencio previo a una tormenta de emociones, Steffie Belt prepara cada detalle de su próximo concierto en el Lunario del Auditorio Nacional, programado para el 5 de noviembre. Desde su casa en Tlalnepantla, donde los cables, micrófonos y partituras conviven con el aroma a café recién hecho, la cantante ríe nerviosa mientras confiesa:
“Faltan apenas unos días. Estoy contenta, feliz, pero también muy nerviosa. Hay tantas cosas que cuidar: los invitados, los músicos, el vestuario, los boletos. Pero ese nerviosito sabroso no se debe perder nunca”.
Para Steffie, los nervios no son debilidad, son una forma de respeto. “El día que pierdas los nervios para subirte al escenario, mejor no te subas”, recuerda que escuchó alguna vez. “Significa que amas lo que haces. Porque al final te expones por completo: tu vida, tu cuerpo, tu música, todo está ahí frente al público”.
El Lunario no será solo otro concierto, sino un punto de inflexión en su carrera de más de una década, una celebración de su historia, sus raíces y su evolución artística.
Entre México y Cuba: la herencia de dos mundos
Steffie Belt nació en Ciudad de México, pero su identidad es un puente entre culturas. “Mi mamá era cubana, toda su familia también. Mi papá y su familia, en cambio, mexicanos. Así que soy mitad y mitad: mexicana de nacimiento, pero con herencia cubana hasta los huesos”, dice sonriendo.
Aunque no conoció la isla hasta el 2016, la influencia caribeña siempre estuvo presente en su casa: la cadencia, la nostalgia y el amor por la música que venía desde sus abuelos, compositores en La Habana. Su padre, cantante de ópera, completó el círculo musical familiar. “En mi casa no se podía cantar por cantar —recuerda—. Mi papá era muy estricto: si ibas a cantar una canción infantil o las mañanitas, debías hacerlo bien. Cantar era algo serio, un acto de respeto”.
Creció rodeada de notas y disciplina. Desde niña aprendió que la música no era sólo un pasatiempo, sino una forma de vida.
Las primeras canciones: del jardín de niños al grupo versátil
Su educación formal comenzó en Ticomán, en la escuela Emilio Rosenbluth, pero su verdadera escuela fue el hogar. Ahí, entre ensayos de su padre y recuerdos de melodías cubanas, Steffie aprendió a cantar antes de leer.
A los 15 años, su voz comenzó a escucharse más allá del ámbito familiar. “En una fiesta nos escuchó alguien que tenía un grupo versátil y nos invitó. Empecé cantando en bodas, bautizos, quinceaños… fiestas de todo tipo. En una llegamos a tener 800 personas frente a nosotros. Ahí aprendí que cantar no solo es entonar, sino conectar, hacer que la gente disfrute”.
En esos escenarios improvisados entendió algo que marcaría su carrera: la música también es empatía.
Una actriz precoz que aprendió a sentir el escenario
Antes de consolidarse como cantante, Steffie tuvo un paso breve pero significativo por la televisión. Su abuelo, además de compositor, era periodista, y al llegar a México consiguió trabajo en Televisa. “Nos metió a mi hermana y a mí a un casting de Plaza Sésamo. Tenía cinco años y fue obligatorio pasar por el CEA infantil. Ahí estudié actuación de 1999 a 2001 y hasta hice una película que salió en VHS: De piel de víbora”.
Aunque su carrera infantil no duró mucho, dejó huella. “La actuación me enseñó a interpretar con el cuerpo, con la mirada. A entender que cantar también es actuar, sentir y contar una historia. Desde entonces, cada canción la vivo como si fuera una escena”.
Cantar el dolor
La sensibilidad que hoy caracteriza a Steffie no nació de la nada. “Fui una niña muy buleada”, confiesa. “Desde el kínder me molestaban por ser morenita, alta, distinta. En secundaria me decían Ronaldinho. En casa también hubo violencia, y los niños lo perciben. Friegan al fregado”.
A esa dureza se sumó otro factor: su inteligencia precoz. Su padre le enseñó a leer, escribir y hacer operaciones matemáticas antes de entrar a la escuela. “Los maestros me adoraban y me pedían ayuda para calificar. Era la favorita del salón, y eso provocaba más burlas. Me dolía mucho, pero ese dolor lo transformé en música”.
Hoy, esa herida es fuente de autenticidad. “Supongo que el dolor con el que suelo cantar viene de ahí. Aprendí a sacar lo que sentía a través de la voz. Cantar me salvó”.
El despertar de la vocación
Durante años pensó que la música sería solo una parte de su vida, no toda. Su padre creía que la voz talentosa de la familia era la de su hermana, no la suya. Así que decidió estudiar idiomas. Pero un día, en la preparatoria CCH Vallejo, la música volvió a buscarla.
“Escuché un coro cantando el Gloria de Vivaldi. Abrí la puerta y me quedé embobada. Sin saberlo, entré justo el día de las audiciones. El maestro me pidió que cantara, me dijo que era soprano y que me sentara. En un mes ya era la voz principal”.
Ese episodio cambió su destino. “Cantamos en la Sala Nezahualcóyotl y fue una experiencia imposible de describir. Lo que sentí ese día no se compara con nada. Ahí entendí que cantar era lo mío”.
De Elvis a Janis: el descubrimiento del blues
En su casa sonaban los clásicos: Frank Sinatra, Donna Summer, Elvis Presley, Ray Conniff. Pero durante la preparatoria descubrió una voz que la marcaría para siempre: Janis Joplin.
“Una amiga me invitó a un grupo de blues y me dijo que me quedaría bien ese género porque era ‘música de negritos’ —cuenta con humor—. No tenía ni idea de qué era el blues. Cuando llegué a casa y busqué a Janis Joplin, me voló la cabeza. Rompía todas las reglas que me había enseñado mi papá. No era perfecta, pero era real. Sentía cada palabra. Y supe que quería eso”.
Desde entonces, la energía de Janis se convirtió en su guía. “Mi papá me decía que me iba a destruir la voz, pero entendí que no se trata solo de cantar bien, sino de cantar con verdad”.
El nacimiento de Estefi Belt
En agosto de 2013, Steffie decidió formar su propio proyecto. Publicó en Facebook una convocatoria para músicos interesados en un grupo de blues y así nació su banda: Estefibelt. “Fue un salto de fe. Nadie te enseña cómo construir una carrera desde cero, pero lo hicimos. Y ya van doce años”.
Su primer disco, Luna de Octubre, llegó poco después. “Fue la primera canción que compuse y grabé oficialmente. Esa canción me abrió las puertas a todo”.
Desde entonces, ha recorrido foros independientes, festivales y escenarios nacionales, construyendo un público fiel que la sigue por la honestidad de sus letras y su voz potente.
Componer lo vivido
“Cuando me preguntan de qué escribo, respondo: de lo que soy”, dice con franqueza. En sus letras conviven el amor, la rabia, el deseo, la tristeza y la esperanza. “Cuando estoy triste, escribo. Cuando estoy enamorada, también. Es mi manera de procesar la vida”.
Su evolución artística ha ido de la mano con sus experiencias personales. “He cambiado mucho desde mi primer disco. Pasé por la pandemia, perdí a mis padres por cáncer, viví duelos muy fuertes. Todo eso cambió mi música. Ahora escribo con otra conciencia”.
De ese proceso surgieron sus discos más recientes, La Raíz Volumen 1 y Volumen 2, en los que explora ritmos latinoamericanos, bolero, trova y son. “Decidí dejar el blues un tiempo para reconectarme con mis raíces. Quiero honrar mi historia, mi mezcla de sangre cubana y mexicana, mi identidad latina”.
Una artista independiente con voz propia
En una industria donde muchas mujeres enfrentan obstáculos para abrirse camino, Steffie ha apostado por la independencia. “Nunca tuve detrás a una disquera grande. Todo lo he hecho con mis manos. He cargado bocinas, he vendido boletos, he editado mis propios videos. Pero eso me dio libertad”.
Esa libertad se refleja en su imagen y su discurso: una artista que no teme mostrarse vulnerable, pero tampoco fuerte. “Ser mujer en la música es un acto de resistencia. He aprendido a defender mi espacio, mi voz y mi mensaje”.
Su autenticidad la ha llevado a construir una conexión genuina con el público. En redes, sus seguidores no la ven como una figura distante, sino como una mujer que comparte su proceso, sus miedos y su pasión. “No me interesa fingir. Quiero que la gente me escuche y diga: ‘esa soy yo también’”.
Camino al Lunario: una noche para celebrar la vida
El próximo 5 de noviembre, Steffie Belt subirá al escenario del Lunario del Auditorio Nacional para presentar un concierto que promete ser más que un espectáculo: un viaje emocional por su trayectoria.
“Va a ser un show muy especial”, dice. “No solo por la magnitud del lugar, sino por todo lo que representa. Es una manera de cerrar un ciclo y abrir otro. Quiero que la gente sienta cada canción como una historia compartida”.
Habrá invitados, músicos, un repertorio que recorrerá sus distintas etapas —del blues al bolero, de la tristeza a la celebración— y, sobre todo, una emoción latente. “Subirte al escenario es exponerte por completo. Cantar frente a quinientas personas es una forma de desnudarte. Pero ahí está la magia”.
Una voz que canta desde la raíz
A pocos días del concierto, Steffie Belt se prepara sin perder la calma. Entre ensayos y entrevistas, mantiene la serenidad de quien sabe que su arte nació del esfuerzo.
“Han sido años de crecimiento, de mucho trabajo, de entender quién soy. Y este concierto es eso: una síntesis de mi historia, de mi dolor y de mi amor por la música”.
Cuando se le pregunta qué significa para ella este momento, sonríe:
“Significa volver a mis raíces. A la niña que cantaba para su papá en la sala, a la adolescente que soñaba con un escenario. Pero ahora ya no canto para demostrar nada. Canto para vivir”.
El próximo 5 de noviembre, cuando las luces del Lunario se enciendan y su voz inunde el recinto, Steffie Belt confirmará lo que ya se intuye en cada una de sus canciones: que cantar, para ella, es una forma de existir.