El martes 28 de octubre de 2025, el Teatro Helénico abrió sus puertas a Día de Muertos. Muestra Internacional de Narración Oral, Danza y Música, una función concebida como un ensamble de relatos, cantares y rituales que reunieron voces de México y de varios países latinoamericanos para conversar con los muertos desde la escena. La programación, promovida por el propio Centro Cultural Helénico, presentó un formato coral: relatos orales alternados con piezas musicales y breves interludios dancísticos que buscaron traducir a imagen y gesto las distintas maneras de honrar la memoria.
Desde el inicio la propuesta dejó claro su propósito curatorial: no se trataba de un espectáculo pirotécnico ni de una recreación turística de la ofrenda, sino de una muestra de tradiciones tejidas con la palabra viva. Las compañías reunidas —según la ficha y la promoción del evento— provenían de México, Bolivia, Costa Rica y Colombia, lo que concedió a la noche un matiz transnacional en el que se contrastaron y hermanaron cosmologías diversas alrededor de la muerte y la rememoración. Este carácter internacional fue uno de los ejes comunicados por la organización desde la convocatoria.
Artísticamente, la función prefirió la sutileza a la grandilocuencia. La narración oral —el músculo central del programa— apostó por relatos breves, íntimos, algunos tomados del acervo popular y otros de autoría contemporánea. Los narradores —cuenteros y cuenteras— utilizaron recursos mínimos: la iluminación focal, un micrófono o incluso la voz desnuda, confiando en el poder de la palabra para activar imágenes en la platea. En esa economía escénica, se detectó un acierto: la cercanía con el público potenciaba la complicidad y convertía cada historia en una pequeña ofrenda compartida.
Las intervenciones musicales, por su parte, funcionaron como puentes entre relatos: guitarras, percusiones suaves y, en algún momento, un arreglo coral que evocó el canto ritual. La integración de la música fue prudente y, en general, efectiva: cuando la sonoridad subía, la dramaturgia ganaba textura; cuando se contenía, el peso recaía sobre la palabra. Bien resuelto estuvo el equilibrio entre ambos lenguajes, aunque en algunos pasajes la música hubiera podido arriesgar más para ampliar los clímax dramáticos.
En cuanto a la danza, los fragmentos coreográficos privilegiaron la gestualidad ritual sobre la técnica virtuosista. Esto fue coherente con la intención curatorial —hacer presente lo sagrado, lo cotidiano y lo lúdico de la conmemoración—, pero dejó a algunos espectadores con ganas de ver secuencias más largas o experiencias escénicas que rompieran aún más con la linealidad del formato de “popurrí”. En suma: las piezas dancísticas cumplieron su papel evocador, aunque apenas rozaron el potencial expresivo de las tradiciones representadas.
La puesta en escena apostó por un diseño escénico sobrio: pocos elementos escenográficos, uso puntual de velas y cempasúchil simbólico, y proyecciones discretas que funcionaron como telón de fondo emocional. Esta decisión evitó la saturación visual típica de ciertos montajes de temporada, pero también exigió a los intérpretes sostener la intensidad narrativa con la sola fuerza de la palabra y el gesto —y ahí, varios de ellos se lucieron. La honestidad interpretativa de los narradores fue, sin duda, el motor de la velada.
Desde la perspectiva curatorial, es destacable la intención de colocar a la narración oral en el centro de una celebración que suele quedar reducida a celebraciones populares o a espectáculos folklóricos. En un entorno urbano como la Ciudad de México, donde la “temporada de Día de Muertos” despliega cientos de propuestas, la muestra del Helénico buscó recordarnos que la tradición también es discurso, memoria activa y acto comunitario de escucha. La iniciativa fue además coherente con la propuesta cultural del teatro en el mes: visibilizar prácticas colectivas y pluralidad de voces.
No obstante, la diversidad de procedencias artísticas implicó también heterogeneidad de niveles: algunas piezas alcanzaron la hondura emocional que la temática reclama; otras se sintieron de carácter más informativo o de festival, sin el cierre poético que hubiese elevado la lectura general. Puede decirse que la muestra funcionó mejor cuando permitió que cada narrador encontrara su tono y menos cuando intentó homogeneizar estéticas.
El público respondió con respeto y atención; la sala del Helénico, en su capacidad, devolvió una escucha concentrada que facilitó el paso íntimo de lo individual a lo colectivo. Al finalizar, los aplausos fueron cálidos, muchas veces dirigidos con fuerza hacia intérpretes que habían logrado transformar una anécdota en eco compartido.
La Muestra Internacional en el Helénico fue una propuesta necesaria: un recordatorio de que el Día de Muertos no es sólo espectáculo, sino también práctica viva de memoria. Su apuesta por la narración oral como columna vertebral fue un acierto curatorial que permitió experiencias de alta intensidad emotiva. Aunque la selección incluyó piezas de distinto pulso, la noche mantuvo coherencia gracias a la honestidad interpretativa y al respeto por las tradiciones convocadas. Para quienes buscan en la temporada de muertos algo más que color y folclor, esta función ofreció la posibilidad de volver a escuchar las voces de la tradición —no como reliquias, sino como presencia viva— en uno de los foros más importantes de la ciudad.